Se le asignó la dirección del sanatorio Santa Clara, en Punta Camarón, a un tiro de piedra del Santuario de Nuestra Señora de Regla. Gurruchaga eran un genio de la medicina. Era un médico que curaba a desahuciados y recomponía miembros afectados, como el mejor de los mecánicos pudiera hacer con una chatarra. Pronto se hizo popular entre los lugareños por su enorme carisma y profesionalidad. Atlético de complexión y fácil sonrisa, emanaba confianza y cordialidad. Y nadie sentía curiosidad por su pasado que Luis se cuidaba de camuflar. No hablaba de su familia ni desplegaba fotos a su alrededor. Llegado el momento, su mirada azul acero cortaba cualquier atisbo de interrogatorio.
Solía recorrer Chipiona a lomos de un asno, tocado con un 'fez' marroquí compartiendo 'castoras' (vasito de medida concreta donde se sirve el vino), con pescadores y profesionales. Fue un personaje curioso que se hizo querer y respetar. Solo tres personas llegaron a penetrar las puertas de su hermetismo, dos hombres y una señora. A estos privilegiados confidentes les hacía partícipes de sus pasadas vivencias, cuando era el doctor F. von Freienfels, distinguido miembro de las S.S., actuando en campos de exterminio: Dachau, Mauthausen, o Auschwitz. Donde los médicos llevaban a cabo atroces experimentos. Ensañándose con los prisioneros rusos. Todo estaba permitido en aras de la ciencia.
Detalles menos escabrosos, Luis contaba cómo eran utilizadas las cabelleras de las mujeres para tejer calcetines para las tripulaciones de los submarinos U-Boat, o las piezas dentales de oro de los prisioneros con las que se reparaban las de tropas alemanas.
También desveló cómo había gaseado un tren repleto de judíos con destino a un campo de exterminio. Luis tenía órdenes de conducir a los prisioneros a su trágico final. Pero él optó por adelantar el inevitable holocausto, a sabiendas de lo que les esperaba al final del trayecto; así que confinó a los condenados en los vagones en los que ordenó filtrar el gas hasta eliminarlos. No se jactaba de ello, más bien era un abrir el paso a los fantasmas que le perseguían desde entonces.
Freienfels había cruzado los Pirineos abandonando su bagaje de maldades al otro lado, Gurruchaga no era el mismo.
Una plácida tarde del mes de agosto, día de Santa Elena, ocurrió la trágica explosión de polvorines de Cádiz. Los cristales crujieron en Chipiona y el estruendo alteró la celebración de la santa. Entonces, en el preciso instante en que se localizó el lugar del suceso, en Cádiz capital, Luis Gurruchaga saltó a su vehículo portando sus instrumentos y enfiló la carretera hacia el caos. El doctor permaneció día y noche auxiliando a cuantos le necesitaban, hasta caer exhausto. Salvó muchas vidas; ¿Intentaba redimirse?
He encontrado un curioso enlace en el que se vendía un álbum con 22 fotos vinculadas al dóctor.
Fuente: Diario de Cádiz
